El tiempo es ese gran crisol del que habla la existencia. Un horno donde se funden nuestras sensaciones y aprendizajes. El problema es que a menudo tratamos el tiempo no como oro, sino como paja que quemamos rápidamente.
Olvidamos que cada minuto, cada segundo que pasa, es territorio conquistado que jamás retorna. Muchas veces, consumimos esos momentos preciosos sin entender su simbología sensible y pura, sin comprender que cada palabra debe quedar grabada y que cada diferencia, por dolorosa que sea, se debe pulir ahora. Mañana, esa diferencia podría convertirse en un muro eterno.
Este ejercicio de madurez exige un análisis profundo de nuestra trayectoria vital. Como hijos, hoy observamos a nuestros padres con una lente que proyecta lo que mañana seremos nosotros.
Aprendemos, en un ejercicio de espejo psicológico, lo que sí queremos repetir y lo que no.
Es un proceso de nutrición familiar continua, necesario para entender una realidad actual que, lamentablemente, está plagada de distancias. Vivimos en una era donde la falta de valores y abrazos reales ha mutado las palabras genuinas hacia imágenes de felicidad montadas cápsulas de 15 segundos diseñadas para digerirse y olvidarse en el siguiente scroll.
Hace un par de días, esta realidad biológica golpeó cerca de nuestro entorno mediático. Falleció la madre de alguien que, irónicamente, nos muestra cada día una fortaleza psicológica, un realismo y una madurez de mayor valor.
Mario Pergolini. Le tocó a él. Detrás de su sonrisa muchas veces irónica y picante, hay una simbología de sensibilidad que algo debe dejar en nosotros. Su pérdida es la nuestra, porque nadie es inmune al contrato biológico. Su figura, asociada a la fuerza y la inteligencia, se humaniza completamente ante el duelo, enseñanza clara: la vulnerabilidad humana.
A menudo voy por la vida diciéndoles a mis amigos, conocidos, y a ustedes que nos escuchan, que siempre uno debe prepararse. No solo por uno mismo, en un acto de introspección egoísta, sino por los que nos rodean.
Debemos prepararnos porque los que esperan de nosotros, nuestros hijos o parejas, la reacción que tengamos ante el dolor puede decidir su propio futuro y madurez emocional. Nuestra forma de transitar el duelo es el mapa que les dejamos para cuando ellos deban transitar el suyo.
Y hoy, estamos en vísperas. Se acerca el 10 de Mayo, un "día de la madre" que el comercio se encarga de saturar con banners, spots, perfumes y viajes. Es el "regalo ideal" que la industria nos impone.
Pero casi ninguno de esos anuncios nos invita a lo verdaderamente crucial: a mirar a los ojos del ser que nos dio la vida, o de quien nos materna, y pedir disculpas por lo descuidado, o felicitar a tiempo por lo logrado.
La comercialización del Día de la Madre a menudo silencia el verdadero proceso de despedida y validación continua.
¿Cómo avanzamos entonces? ¿Cómo seguimos sin nuestros padres? ¿Cuál es el tiempo de calidad que descuidamos y cuál es el que ganamos cuando recordamos en paz? La respuesta es la práctica.
Practicar lo bueno que nos dejaron, hasta que se convierta en parte de nuestro ADN emocional. Y en ese proceso de madurez realista, aprender incluso a olvidar o quitar lo malo, no desde el rencor, sino desde la comprensión de que ellos también fueron hijos aprendiendo a ser padres en un mundo imperfecto.
Como preparamos a nuestros hijos para ello? Mostrándoles que el tiempo no se quema, se honra con abrazos que no se editan y palabras que no mutan a imágenes vacías.
Por un día de la madre más humano este 10 de Mayo. Que el regalo no sea el perfume, sino la certeza de que no hay palabras por decir, ni disculpas por pedir. Eso es preparación. Eso es paz.
Nos escuchamos el Domingo.
Jorge - Estudio Once
