
La urgencia de entender a nuestros viejos antes de que sea tarde

Hola, como están ?
En el calendario, el Día del Padre es una fecha que a muchos les mueve la aguja un poco más de lo normal. Para quienes ya no tenemos a nuestros viejos del otro lado de la mesa, el segundo domingo de julio es un ejercicio de memoria.
Pero padre no es siempre el que la biología dictamina. A veces, la vida te regala abuelos que se ponen la camiseta y adoptan su mejor versión para criarte. Ese fue mi caso.
Mi padre fue mi abuelo Luis. Un hombre sin títulos en pedagogía, pero con un doctorado en cariño bruto. Era mi escudo protector contra los furibundos zapatillazos de Doña Mercedes, que al grito de"¡Qué estás haciendo, Jorgito!"disparaba sin aviso.
Luis era el hombre que me calmaba. El de los cigarros a cada hora y el del vinito a escondidas. Y cuando pienso en él, mi cabeza viaja directo a la vieja Estación Central de trenes de Montevideo.
Esa joya arquitectónica que hoy, por la desidia y la ambición de unos pocos, es un esqueleto abandonado y triste. Pero en aquella época, era el punto de encuentro del país entero.
Ahí, entre el ruido de los motores y la gente del interior, teníamos nuestro trato de hombres. Luis me pagaba un capuchino con bizcochos a cambio de que yo hiciera la vista gorda y lo dejara tomarse su vino tranquilo. Yo iba contando mis tazas. Cuando llegaba al quinto capuchino, ambos sabíamos que era suficiente.
Era el momento de agarrar los bolsos y subirnos alGanz Mavag, esos trenes ultramodernos que nos dejaban en Batlle y Ordóñez.
Dejar de exigir perfección y buscar acuerdos
Cuento esta historia hoy porque siento que, como sociedad, nos estamos volviendo demasiado duros con nuestros padres y abuelos.
La psicología humana es clara: tendemos a juzgar a quienes nos criaron midiendo sus acciones con la vara de hoy, olvidando el contexto en el que ellos crecieron.
Les reclamamos que no fueron lo suficientemente demostrativos, que se equivocaron, que tuvieron vicios o que no nos dieron lo que esperábamos.
Y en el medio de esos reclamos, nos alejamos.
Cuántas familias hoy están separadas por discusiones de sobremesa, por política, por orgullo o por creer que siempre tenemos la razón. Construimos muros de silencio pensando que hay tiempo de sobra para pedir perdón. Pero el tiempo no perdona.
Llega una edad en la que tenemos que madurar y entender que nuestros padres no son superhéroes son personas fallidas, con miedos y cicatrices, que hicieron lo que pudieron.
La vida nos pone en situaciones límite para enseñarnos que el verdadero acto de amor de un hijo es buscar el consenso. Es acercarnos, escuchar su versión de la historia y aceptar que, aunque diferentes, somos parte de la misma raíz.
Si hoy tienes a tus viejos vivos, y hay alguna aspereza en el medio, da el primer paso. El mundo está cada vez más egoísta y vanidoso, y te aseguro que ninguna razón ni ningún "orgullo intacto" te va a calmar el día que mires su silla vacía.
Busca el acuerdo. Anda a visitarlos. Tomate un café, o un vino, pero compartí el tiempo que les queda.
Hoy, mi viejo querido, el vino me lo tomo yo por vos. Y te dejo el café servido para que sepas que los valores quedaron intactos. Cuiden, perdonen y recuerden. Porque ellos, donde menos los vean, siempre están.
Que tengan una gran semana, gracias por los mensajes de hoy!
Jorge - Estudio once.
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